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05
Abril
2015

El encanto de la madera para cambiar de profesión

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Camilo en su taller, que está en su casa. Solo para la foto, sin tapabocas. FOTO julio césar herreraCamilo estudió Publicidad, dice, porque no había definido de verdad lo que quería hacer en la vida, y cuando llegó a la mitad de la carrera ya decidió terminar, porque ya había pagado mucho y algo, de todas maneras, iba a aprender. “Yo creo que la publicidad es un campo muy amplio, porque te podés especializar en fotografía, diseño, productor de cuñas de radio o de cine y televisión”. Él se volvió ebanista.

 

Camilo en su taller, que está en su casa. Solo para la foto, sin tapabocas. FOTO JULIO CÉSAR HERRERA

 

 

Fuente: El Colombiano

 

COLOMBIA (5/4/2015).- Cuando ya había terminado de estudiar Publicidad, el tío le dijo a Camilo que tenía un piano para pintar, que si se animaba a trabajar con él. Él se animó, se amañó y aprendió el oficio de ebanista, desde cortar, pegar, maquinar madera. Todo lo que pudo.

No era un oficio extraño para él. Además del tío, su abuelo Fausto era carpintero.

“Con mi abuelo tuve diferencias –el abuelo mira detrás de dos ventanas y mueve la mano, saludando–, porque uno con las herramientas es muy quisquilloso, a uno no le gusta que le cojan las cositas. Yo a veces le cogía algo y se me olvidaba devolvérselo”.

El taller de don Fausto está en el fondo y el de Camilo adelante, separados por una puerta en madera y un letrero, Fausto taller. Eso hasta que el abuelo, que ya tiene 93 años, desistió de la carpintería –ya le habían prohibido la circular, una de las máquinas más peligrosas, si bien se alcanzó a cortar media uña– y entonces le dijo, como buen abuelo, que le regalaba el taller.

Se creció, por tanto, el espacio para la madera y hasta tiene una que otra máquina repetida, pero cuando toca usar la circular prefiere la de él, que es más segura, más nueva.

Camilo estudió Publicidad, dice, porque no había definido de verdad lo que quería hacer en la vida, y cuando llegó a la mitad de la carrera ya decidió terminar, porque ya había pagado mucho y algo, de todas maneras, iba a aprender. “Yo creo que la publicidad es un campo muy amplio, porque te podés especializar en fotografía, diseño, productor de cuñas de radio o de cine y televisión”. Él se volvió ebanista.

Su mamá, Lucía Donadío, cuenta que durante la carrera no lo vio tan emocionado y tan contento como lo ve ahora. Nadie lo tiene que decir, tampoco, porque se le nota cuando empieza a conversar de las máquinas que tiene, de la tabla para picar que diseñó, que es especial, de los muebles que ha hecho, de las mesas a las que les ha puesto patas diferentes.

“La madera es un material muy noble, muy hermoso, a veces también desagradecido. Me parece que da unos tonos... esto es madera morada –coge una tabla–, se llama Nazareno. Encontrás negra, blanca, café, de todos los colores, blandita como el balso, dura como el ébano. No todas tienen las mismas características, unas te sirven más para construcción, otras para muebles (...)”. Sigue explicando, y mostrando.

 

Aprendizajes

 

De todas maneras, además de la herencia, este oficio estaba desde pequeño. Jugaba mucho a armar cosas con Lego y cuando quería hacer una rampa o un carrito de rodillos se iba para donde el tío. Una vez hasta hizo una lanchita con motor.

Después llegó la invitación. El tío de Camilo, Mario Donadío, hace clavecines, ese instrumento que se parece al piano, que es su antecesor. Es luthier. Él empezó a trabajar y en los dos años que estuvo trabajaron en cuatro instrumentos que quedaron casi terminados. El tío le insistió en combinar la música y la madera, pero a Camilo no le gustó. En cambio, durante ese tiempo, se metió a estudiar en el Sena y salió de técnico en carpintería. Un año completo. La cosa era en serio.

 

Cuando el abuelo le regaló el taller, pensó en ponerlo Dimadera. Se fue para Cámara de Comercio, pero ya existía. Cambió de planes. A la empresa que está pensando, y empezando, que aún no está registrada, ya le tiene nombre: le puso como el pueblo del abuelo en Italia, Morano, y le añadió un poquito, muebles y diseño. El dueño es él, que todavía trabaja solo, Camilo Duque Donadío.

Su idea es crecer, pero no mucho, porque quiere es una empresa que no produzca masivamente, sino en exclusiva. Él diseña lo que hace y es lo que le interesa. Hacer una mesa, pero sacarle otras formas distintas. Quiere muebles exclusivos, distintos, que emocionen, como hace unos años que se emocionaba viendo un mueble, con un diseño particular, y pensaba, ‘qué nota hacer esto’.

 

“Algo que me gusta mucho es que no tienes que hacer siempre lo mismo. A mí me toca maquinar madera, a veces pegarla, a veces lijarla, a veces medir con lápiz las curvitas y venir a cortarlas en la sinfín, abrir huecos, pintar”.

La publicidad le sirve, por supuesto. Diseñó el logo, y lo de mercadeo que tenga que hacer, sabe cómo hacerlo.

 

Camilo vuelve al oficio porque se divierte, se emociona, le gusta. Además cree que las personas están volviendo a valorar las cosas hechas a mano, que haya alguien que se tome su tiempo para hacer el trabajo artístico, diseñar, pensar, ser diferente, y no tener objetos producidos en masa, con materias primas de baja calidad, como aglomerado o tríplex, que él no considera madera, que no les va a durar, que se les va a dañar, que tienen todos.

Él lo cree. Por eso pasa ocho horas en ese taller que respira madera del techo al suelo, de la pared de afuera a la del frente. Prende una máquina, o la otra, y es exacto. Si es 5.6 milímetros no es 5.5 o 5.7, incluso si un milímetro parece una bobada. Él sabe, por lo que aprendió y por la experiencia, que hay que ser pulido, así como que un ebanista no usa clavos. Eso, solo por contar

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